Una pareja jubilada aceptó cuidar un patio escalonado con rosales y un limonero. Entre riegos al atardecer y caminatas por senderos neblinosos, descubrieron cafés diminutos y un mercado de artesanos. Volvieron a casa con amistades nuevas, recetas de sopa verde y una serenidad duradera.
Dos amigas mayores convivieron con tres gatos en un barrio colorido. Aprendieron atajos, saludaron a la panadera por su nombre y perfeccionaron un mole casero. Entre siestas felinas y talleres de bordado, sintieron una calma generosa que difícilmente encuentran en hoteles o recorridos apurados.